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	<title>ETC Blog &#187; synthetic biology</title>
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	<description>(et cet er a) and other things; such as human rights, biodiversity, biopiracy, converging technologies, global governance and corporate concentration. An experimental growing plot for news, views and new ideas.</description>
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		<title>Crisis climática: la ingeniería del fracaso</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Dec 2011 17:29:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Veronica</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Silvia Ribeiro* Se está realizando en Durban, Sudáfrica, la 17ª Conferencia de las Partes del Convenio Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP17) y por su falta de contacto con la realidad de la crisis climática –y de todas las demás, financiera, alimentaria, ambiental – parece ciencia ficción. Ante la vacuidad de las negociaciones, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Silvia Ribeiro*</strong></p>
<p>Se está realizando en Durban, Sudáfrica, la 17ª Conferencia de las Partes del Convenio Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP17) y por su falta de contacto con la realidad de la crisis climática –y de todas las demás, financiera, alimentaria, ambiental – parece ciencia ficción. Ante la vacuidad de las negociaciones, vuelven a la carga los proponentes de la manipulación climática alegando que ellos sí comprenden que es necesario tomar medidas enérgicas y que por ello necesitan más investigación y recursos en geoingeniería. Todo forma parte del legado de manipulaciones que se hicieron en la COP16, realizada en Cancún, México, el año pasado.</p>
<p>El tema más controvertido entre el público es si habrá o no un nuevo período de compromisos de reducciones dentro del llamado Protocolo de Kyoto, cuyo primer período acordado terminará en 2012.  Estados Unidos nunca firmó este Protocolo –aunque es parte del Convenio y el mayor emisor global de gases de efecto invernadero del siglo XX; Canadá y otros países que son grandes emisores anunciaron que saldrán y no firmarán un segundo período, aunque las tímidas metas propuestas en el primero no se han cumplido y la crisis climática ha empeorado notablemente.  La Unión Europea no quiere aparecer como “irresponsables” y aceptan firmar un segundo período, pero ponen condiciones como no fijar metas vinculantes, sino solamente “promesas”.  Los países agrupados en el llamando G77 (son más de 130 de África, Asia y América Latina) presionan por un segundo período, y con Europa podrían alcanzar la mayoría requerida para lograrlo, pero Europa solo firmará si se aceptan sus propias condiciones, sin fijar metas de reducción obligatorias y otras. Es decir, las opciones son que se termine el protocolo de Kyoto, o que continúe como un cascarón sin contenido. En cualquier caso, favoreciendo siempre a los actores que son los mayores causantes de la crisis climática.  Para completar,  Estados Unidos propone que aunque termine el Protocolo de Kyoto,  se continúe con el llamado Mecanismo de Desarrollo Limpio, que es parte del Protocolo y es la base de mercado de bonos de carbono. O sea, terminar cualquier compromiso legalmente vinculante, pero mantener las facilidades para los mercados de carbono.</p>
<p>Lo más grave sin embargo, es que con las “promesas” de reducción que han hecho los países más contaminantes desde Cancún, es seguro que el calentamiento global llegará a niveles insoportables en algunas décadas. Según resume Pablo Solón, ex embajador de Bolivia ante la ONU, usando estimaciones del propio Convenio y otras agencias de Naciones Unidas, se garantiza que la temperatura promedio aumentará 4 grados centígrados, lo cual producirá una enorme devastación de ecosistemas claves y tendrá un costo de millones de vidas humanas.</p>
<p>Mientras se soslaya el tema fundamental  –la necesidad de reducciones reales de emisiones de gases de efecto invernadero, drásticas, en su fuente, y no mediante falsas “soluciones” como los mercados de carbono y otras– se avanzan otras negociaciones que tendrán gran impacto posteriormente, como introducir la agricultura y los suelos a los mercados de carbono.</p>
<p>En este contexto,  los que promueven la geoingeniería aprovechan para reafirmar que “ante la falta de avance en las negociaciones” y que la crisis climática está cada vez peor, hay que  considerar la geoingeniería.  El 2 de diciembre, la Sociedad Real del Reino Unido, en conjunto con el Fondo de Defensa Ambiental de Estados Unidos (EDF por sus siglas en inglés) y la Academia de Ciencias para el Tercer Mundo (que sin embargo tiene su sede en Italia), lanzaron en Londres y en Durban un informe titulado “Manejo de la radiación rolar: gobernanza de la investigación”. El reporte afirma que tal metodología, que implica desde blanquear nubes a crear nubes volcánicas artificiales a mega escala para desviar los rayos solares, sería una forma “barata y rápida” para bajar la temperatura planetaria, pero que podría también causar daños tan devastadores como los que se quiere combatir. Por ejemplo, alterar las lluvias y vientos en Asia y África, colocando en riesgo las fuentes de agua y alimentación de miles de millones de personas.  Reconocen que conllevan el riesgo de que tales tecnologías sean usadas unilateralmente por algún país o quien tenga los medios y la tecnología. Pese a todo esto que usando el sentido común demuestra que la geoingeniería sencillamente se debe prohibir, el reporte afirma que se debe investigar más para conocerla mejor “y prevenir que se use mal”, o que algunos países poderosos la usen como arma. De qué forma avanzar la geoingeniería prevendría que se desarrolle, no lo explican. Aunque eligieron un foro de Naciones Unidas para anunciar el informe, no recomiendan que las decisiones se tomen en la ONU sino que dan un menú de opciones, obviando que la ONU ya tiene dos moratorias de facto sobre geoingeniería.</p>
<p>El  grupo que coordinó el informe es financiado por los multimillonarios Bill Gates y Richard Branson a través de sus fundaciones. Ambos son explícitos promotores de la geoingeniería y financian a algunos de los científicos involucrados, que además tienen intereses comerciales en la geoingeniería.  Muchos son de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido, tres de los países que sabotean cualquier negociación sobre cambio climático, creando así, también en este contexto, una profecía auto-cumplida.</p>
<p align="right">*investigadora del Grupo ETC</p>
<p align="right">Publicado en La Jornada, México, 3 de diciembre de 2011</p>


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		<title>Cuidado con la economía de la biomasa</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Oct 2011 20:25:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Veronica</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biopiracy]]></category>
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		<description><![CDATA[Jim Thomas Cuándo sus defensores hablan de la “economía verde”, gran parte de lo &#8220;verde&#8221; que tienen en mente es literalmente de color verde. Las hojas, brotes, ramas, algas, hierbas y otras materias vivientes que el planeta genera en aparente abundancia es ahora un blanco de primera línea para la explotación comercial, desde la visión [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Jim Thomas</p>
<p>Cuándo sus defensores hablan de la “economía verde”, gran parte de lo &#8220;verde&#8221; que tienen en mente es literalmente de color verde. Las hojas, brotes, ramas, algas, hierbas y otras materias vivientes que el planeta genera en aparente abundancia es ahora un blanco de primera línea para la explotación comercial, desde la visión industrial emergente de la llamada bio-economía (<em>bio-based economy</em>).  Para los nuevos bioindustriales de la economía verde, toda esa materia viva que antes se llamaba la &#8220;biodiversidad&#8221; tiene un nuevo nombre – hoy en día se lo conoce como &#8220;biomasa&#8221;. La Tierra produce 230 mil millones de toneladas de biomasa cada año y en las próximas décadas podemos esperar apropiaciones de tierras, batallas legales y guerras, a medida que las industrias y las naciones luchen por controlar el acceso a la última partícula de esta profusión verde.</p>
<p>Conozca la economía de la biomasa: un orden económico emergente basado en un simple cambio en la química. Pues, la economía mundial opera actualmente sobre la base de materias primas de hidrocarburos extraídos de las profundidades -principalmente carbón, petróleo y gas-. A medida que esas fuentes de &#8220;carbón negro&#8221; se vuelven más costosas, las empresas comienzan a ver mucho más atractiva la explotación del &#8220;carbono verde&#8221; de la biomasa, almacenada encima del suelo en los bosques, los campos agrícolas y los océanos.</p>
<p>En términos moleculares este carbono de la superficie es compuesto principalmente de carbohidratos (azúcares) como la celulosa. Los carbohidratos son como los hidrocarburos, pero con unos átomos adicionales de oxígeno. Es plenamente posible operar las economías industriales a base de carbohidratos, sin embargo también es posible usar la química y la biotecnología para transformar los carbohidratos en hidrocarburos: o sea, convertir árboles, cultivos o pastos en petróleo y plásticos a los que nuestra economía está adicta. Ese recambio tecnológico permite un giro de estrategia de las compañías petroleras, que recurren a la biomasa para producir los mismos productos que ya fabrican y para liquidar los bosques y tierras de cultivo, en lugar de hacer perforaciones en las profundidades del océano.</p>
<p>El cambio a la biomasa podría ser sumamente rentable. El cultivo, la cosecha, la comercialización y la transformación de la biomasa en productos y servicios comerciales ya está generando miles de millones de dólares. El Foro Económico Mundial estima que la economía de la biomasa tendrá un valor de unos 300 mil millones de dólares en 2020, pero la cifra real bien podría alcanzar medio billón de dólares.</p>
<p>Las industrias que ahora están adoptando el modelo de producción con biomasa incluyen desde empresas de química, las grandes petroleras, y corporaciones gigantes de la biotecnología, silvicultura y agroindustria, hasta los productores de perfumes, textiles, el sector de la construcción y el comercio de carbono: industrias cuyo valor neto total suma más de 17 billones de dólares. Un comercio mundial de la biomasa (astillas, aserrín y <em>pellets</em> o gránulos) está emergiendo muy rápidamente y para el año 2015 podría estar distribuyendo no menos de 19 millones de toneladas de biomasa. Las siguientes tres áreas industriales de la economía de la biomasa son las que más rápidamente están creciendo:</p>
<p><em>Bio-electricidad:</em> La forma más económica y sencilla de extraer valor de la biomasa es quemarla. En la actualidad existe una ofensiva masiva en todo el sector eléctrico para reemplazar o complementar la quema de carbón, gas y petróleo para la generación de electricidad, con la quema de biomasa. Las plantas de generación de energía con biomasa suministran más de 54 GW de electricidad en todo el mundo en más de 50 países, consumiendo grandes cantidades de madera y otras materias primas.</p>
<p>Aparte de engullir grandes extensiones de bosques y plantaciones para satisfacer estas demandas, la quema de biomasa también presenta riesgos significativos para la salud de las comunidades situadas cerca de las plantas de energía. El humo de madera, por ejemplo, contiene muchos compuestos tóxicos, agrava las enfermedades respiratorias y libera partículas contaminantes peligrosas. Ya se cuenta entre 2,7 y 3 millones de personas que mueren anualmente a causa de la inhalación de humo de leña. Tampoco la quema de biomasa reduce las emisiones de dióxido de carbono, más bien produce incluso más CO2 en la chimenea por unidad de energía que el carbón que reemplaza. Eso es antes de evaluar la liberación de carbono por la tala de bosques, el cultivo de biomasa y el transporte de la materia vegetal. Teniendo en cuenta los costos de las emisiones de carbono para la producción y recolección de materias primas de biomasa, afirmar que la energía de biomasa es neutra -o incluso negativa- en emisiones netas de carbono, es simplemente un mito.</p>
<p><em>Biocombustibles:</em> La producción de combustibles líquidos (los llamados biocombustibles o agrocombustibles) a partir de la biomasa es el arquetipo de la nueva bio-economía y también la parte más controvertida. Cifras del Banco Mundial revelan que hasta un 75% del aumento global en los precios de los alimentos en 2008, que provocó hambre y disturbios masivos a través del mundo, se debió a las políticas sobre biocombustibles de los EE.UU. y Europa que canalizaban maíz, soja y otros productos alimenticios hacia la producción de combustibles.</p>
<p>Hoy, el tren de los biocombustibles de nuevo arranca a todo vapor, con las inversiones dirigidas a los llamados &#8220;de nueva generación&#8221;. Estos incluyen a los biocombustibles extraidos de materias primas no alimentarias, como la caña de azúcar y la jatropha (un arbusto que produce nueces), biocombustibles avanzados que son hidrocarburos y se comportan de manera muy similar al petróleo, así como nuevos combustibles que se hacen de árboles, pastos y las partes leñosas de las plantas (llamados biocombustibles de celulosa), o de algas de estanque (combustible algal). Al menos 200 empresas están trabajando en el desarrollo de estos biocombustibles de &#8220;nueva generación&#8221; y las empresas más avanzadas están ahora bajo la propiedad o asociadas con las grandes empresas petroleras como Shell, BP, Chevron, Total y Exxon. Muchas de ellas también están empleando una forma extrema de ingeniería genética, de alto riesgo, conocida como biología sintética, donde microbios artificiales se utilizan para fermentar la biomasa en combustibles.</p>
<p><em>Bio-químicos y plásticos:</em> Si no es ético convertir los alimentos en combustibles, debería ser doblemente motivo de preocupación que se conviertan en bolsas de plástico y botellas de champú, pero esa es exactamente la estrategia seguida por la industria química. El Foro Económico Mundial predice que el 9% de todos los productos químicos se fabricarán a partir de biomasa en lugar de petróleo, para el año 2020, con el sector de bioplásticos a la cabeza. Se estima que cerca de 3.2 millones de toneladas métricas de plásticos tendrán una base biológica para el año 2015. ADM, Cargill, Coca Cola, Procter and Gamble y otras están impulsando el mercado de los bioplásticos. Los venden como una opción &#8220;verde&#8221; para los consumidores, a pesar de que muchos bioplásticos no pueden ser reciclados ni son biodegradables, y en algunos casos llevan la misma amenaza de toxicidad que los plásticos a base de petróleo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Una amenaza a los ecosistemas</strong></p>
<p>En el contexto de la economía verde, es importante reconocer que lo que parece un recambio bien intencionado del uso de las materias primas fósiles, es en realidad un acaparamiento: de tierras, medios de subsistencia y ecosistemas. El abastecimiento de biomasa para un cambio tan importante en la economía global va a requerir la conversión de grandes extensiones de tierra para la producción de materia prima de biomasa -particularmente la expansión de monocultivos de caña de azúcar y de celulosa- un cambio de las prioridades agrícolas de los alimentos a nuevos cultivos de rápido crecimiento como el miscanthus y el bambú y un gran aumento en el cultivo de algas en los desiertos y las regiones costeras.</p>
<p>La biomasa no está distribuida uniformemente en todo el planeta. El 86% de la producción anual de biomasa se encuentra en los trópicos, por lo que es a las zonas tropicales de América Latina, África Subsahariana y el Sudeste de Asia que los nuevos dueños de la biomasa están volcando su atención. El Banco Mundial calcula que el 21% de la apropiación de tierras en el mundo en los últimos años es impulsado por la necesidad de tierra para cultivar materias primas de biomasa. Mientras tanto, las comunidades que viven en la selva están reportando un aumento de la destrucción de los bosques para producir astillas de madera para el nuevo comercio de biomasa. A medida que las comunidades tradicionales son desplazadas de sus tierras, a veces a la fuerza y con violencia, la nueva economía industrial de la biomasa desaloja formas de sustento más antiguas y verdaderamente sostenibles, basadas en la biomasa.</p>
<p>Por supuesto, a la nueva industria de la biomasa le gusta presentarse como &#8220;sostenible&#8221; y basada solo en recursos renovables abundantes; sin embargo, la civilización humana ya se apropia del 24% de toda la biomasa mundial y el resto no es suficiente para cumplir con las tareas de limpiar el aire, mantener el ciclo del agua, capturar el carbono y proporcionar las funciones ecológicas esenciales requeridas para mantener la integridad ecológica. De acuerdo con una forma de medición (La Huella Global), ya estamos usando un 50% más de la cantidad de biomasa que se puede eliminar de forma sostenible de los ecosistemas del planeta. Para el año 2050 probablemente se elevará al doble la cantidad de biomasa cuya eliminación sería sustentable. Es una proposición insostenible, que acumulará una deuda ecológica de la que la naturaleza no tiene ninguna manera de resarcirse. Lejos de salvar el planeta, la defensa central de biomasa en la visión de la economía verde podría profundizar en forma catastrófica nuestras crisis ambientales, a la vez que despojar a las mismas comunidades que ofrecen un modelo de vida de utilidad real, con base biológica. <em>(Traducción ALAI).</em></p>
<p>Jim Thomas – es miembro del Grupo ETC, capítulo Canadá.</p>
<p>Para una mirada más profunda a la amenaza de la economía de la biomasa, consulte: “<strong>Los nuevos amos de la biomasa. Biología sintética y el próximo asalto a la biodiversidad.” </strong>http://www.etcgroup.org/es/node/5253</p>
<p>Publicado en ALAI, Ecuador, 11 de octubre de 2011</p>


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		<title>Los verdaderos colores de la economía verde</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Oct 2011 20:18:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Veronica</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Silvia Ribeiro A 20 años de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Cumbre de la Tierra o Eco´92) se realizará una nueva conferencia global, en junio 2012, en Río de Janeiro, Brasil. Río+20, como se le llama, ocurrirá en medio de las mayores crisis globales del siglo: devastación ambiental y erosión [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Silvia Ribeiro</p>
<p>A 20 años de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Cumbre de la Tierra o Eco´92) se realizará una nueva conferencia global, en junio 2012, en Río de Janeiro, Brasil. Río+20, como se le llama, ocurrirá en medio de las mayores crisis globales del siglo: devastación ambiental y erosión de la biodiversidad, crisis climática, crisis económica y financiera, crisis alimentaria, crisis de salud.</p>
<p>Aunque Río+20 debería revisar los compromisos asumidos, el estado de los problemas y estrategias reales para resolverlos, los temas en la agenda son economía verde y nuevas formas de gobernanza ambiental global. Si el término “desarrollo sustentable”, era ambiguo y se prestó a abundante manipulación, la sustitución por “economía verde” señala un enfoque aún más estrecho, que privilegia a quienes dominan los mercados.</p>
<p>Lejos de una reunión anodina de Naciones Unidas, Río+20 se anuncia como un escenario de disputa, porque podría ser clave para un reordenamiento discursivo y geopolítico global, consolidando nuevos mercados financieros con la naturaleza y más control oligopólico de los recursos naturales, legitimando nuevas tecnologías de alto riesgo y creando las bases de una nueva estructura de gobernanza ambiental global que facilite el avance de una “economía verde” en clave empresarial.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>¿A qué se refiere la economía verde?</strong></p>
<p>Para muchas personas y organizaciones, “economía verde” puede tener un significado positivo, asociado a producción agrícola orgánica, energías renovables, tecnologías limpias. En los movimientos existe una diversidad de propuestas de economías alternativas, socialmente justas, culturalmente apropiadas y ecológicamente sustentables. Sin embargo, la noción de “economía verde” que se está manejando desde los gobiernos va por un camino opuesto. Se trata básicamente de renovar el capitalismo frente a las crisis, aumentando las bases de explotación y privatización de la naturaleza.</p>
<p>Ya en la Eco´92 las trasnacionales empleaban maquillaje verde. Intentaban hacer una cortina de humo sobre su responsabilidad en la devastación ambiental, apoyando proyectos de conservación o “educación” ambiental, sellos verdes, etc. Pero sobre todo, afirmando que no había necesidad de cambiar el modelo de producción y consumo, ya que con tecnología para mayor eficiencia energética y otras, se podía llegar a soluciones de &#8220;ganar-ganar&#8221;, donde las empresas seguirían lucrando mientras mejoraban el ambiente con negocios “verdes”.</p>
<p>El planteo de la nueva economía verde sigue este camino, pero es más preocupante, tanto por la expansión de la mercantilización de la naturaleza y los ecosistemas –y el impacto en los pueblos que dependen de ellos­–, como porque las nuevas tecnologías a las que se refieren ahora, explícitamente o no, –como nanotecnología, transgénicos, biología sintética­, geoingeniería– implican enormes riesgos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Oficialmente verde</strong></p>
<p>El concepto “economía verde” es ambiguo y no hay consenso tampoco entre los gobiernos. Un antecedente recurrente en las discusiones oficiales hacia Río+20 es la Iniciativa sobre Economía Verde del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Allí se enmarca el “Nuevo acuerdo verde global”, planteado por ese organismo en 2008, del que se hicieron eco Obama y otros mandatarios, como una respuesta de “ganar-ganar” a las crisis. Plantea enfrentar la crisis financiera y climática redirigiendo las inversiones al “capital natural”, dando estímulos fiscales a empresas para energías “limpias” (como agrocombustibles), ampliar los mercados de carbono. Brasil, que ya tenía amplias inversiones en esos sectores y muchos recursos naturales para meter a los mercados, propuso que la economía verde fuera tema central de la conferencia Río+20, lo cual fue posteriormente aprobado por Naciones Unidas.</p>
<p>Dentro de la Iniciativa sobre Economía Verde, el PNUMA publicó en 2009 el informe del proyecto TEEB (<em>La economía de los ecosistemas y la biodiversidad</em>, por sus siglas en inglés) y en 2011, el extenso reporte “Hacia una economía verde”, dividido en tres secciones: inversiones en capital natural (agricultura, agua, bosques, pesca); inversión en eficiencia energética y uso de recursos (energías renovables, industria manufacturera, basura, construcción, transporte, turismo, ciudades) y transición a la economía verde (financiamiento y condiciones políticas favorables).</p>
<p>Significativamente, tanto el informe sobre economía verde como el TEEB, son coordinados por Pavan Sukhdev, un alto ejecutivo de la banca trasnacional. Reflejan su lógica de poner precio –aunque lo llamen valor– a toda la naturaleza y sus funciones. Sukhdev es ejecutivo del Deutsche Bank y trabajó anteriormente el tema de la valuación económica de la biodiversidad para el Foro Económico de Davos.</p>
<p>El proyecto TEEB surgió en 2007 a partir de una reunión del G8+5. Los cinco gobiernos “agregados” a las potencias globales, eran Brasil, China, India, México y Sudáfrica –todos gobiernos de países megadiversos interesados en comerciar con la biodiversidad de sus países. Con la crisis financiera, la mercantilización de la naturaleza que entraña TEEB, destaca como tabla de salvación frente al naufragio de los mercados especulativos. Sukhdev llama a la biodiversidad un nuevo &#8220;mercado multibillonario&#8221;.</p>
<p>Estos y otros planteos similares sobre economía verde se apoyan en tres grandes pilares: a) una mayor mercantilización y privatización de la naturaleza y los ecosistemas, integrando sus funciones como “servicios” a los mercados financieros, b) la promoción de nuevas tecnologías y la vasta expansión del uso de biomasa y c) un marco de políticas que permitan y premien todo eso, es decir lo que los gobiernos y las sociedades deberíamos hacer para que las empresas puedan hacer ganancias con los dos anteriores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Privatizando el aire</strong></p>
<p>Un componente temprano del paquete propuesto por la economía verde es el pago por servicios ambientales (PSA) o servicios ecosistémicos. Incluyen el pago por servicios ambientales forestales, hidrológicos, paisajísticos y de bioprospección (biopiratería). Conllevan la redefinición de las funciones de la naturaleza y la biodiversidad como “servicios”, para poder mercantilizarlos. (1) Los PSA han significado muchos conflictos entre grupos indígenas, campesinos, dentro y entre comunidades, ya que promueven la competencia por quien llegue primero a comerciar bienes compartidos. Los esquemas de PSA requirieron inventar “dueños” (lugar que ocuparon ONG o grupos dentro de las comunidades) de las funciones ecosistémicas, de los conocimientos sobre biodiversidad, de los cuidados tradicionales del agua, cuencas y bosques, porque siempre han sido bienes comunes y colectivos que no se podían mercantilizar.</p>
<p>En muchos casos, los PSA comenzaron con préstamos del Banco Mundial –deuda pública a pagar por todos– con el objetivo expreso de crear mercados de servicios ambientales. A éstos siguieron mercados secundarios de servicios ambientales, altamente especulativos. Los PSA significaron que una transnacional –que quizá nunca estuvo en el lugar– pueda terminar decidiendo sobre el territorio, el agua o la biodiversidad de comunidades indígenas y campesinas de países del Sur.</p>
<p>Basados en esas experiencias, surgen los programas REDD (Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación evitada), cuya aprobación en el Convenio de Cambio Climático en diciembre 2010, abrió de un plumazo todos los bosques del planeta a los mercados financieros especulativos.</p>
<p>La hipótesis de REDD es que para parar la deforestación –factor grave de crisis climática– hay que compensar económicamente a los que deforestan. No evitar la deforestación, sino pagar a los que lo hacen. Por eso se llama deforestación &#8220;evitada&#8221;: primero hay que deforestar, para luego vender el dejar de hacerlo. Otro típico escenario de &#8220;ganar-ganar&#8221;. Quienes más se benefician de estos programas, son los que más bosque y selva hayan destruido. Y que podrán seguir haciéndolo, ya que REDD acepta que dejando un 10 por ciento del área que piensan deforestar, puedan recibir créditos de carbono o pagos por &#8220;deforestación evitada&#8221;.</p>
<p>Al programa original se agregaron compensaciones por &#8220;acrecentar los inventarios de carbono&#8221; y por &#8220;conservación&#8221; y &#8220;manejo sustentable del bosque&#8221;. En el primer caso, se trata de luego de deforestar, plantar monocultivos de árboles, otra fuente de lucro adicional, con fuertes impactos ambientales y sobre las comunidades. Pero lo más perverso de este mecanismo, es lo que llaman &#8220;conservación y manejo sustentable&#8221;, porque apunta directamente a despojar a las comunidades indígenas y forestales de sus derechos y territorios, ofreciéndoles pago por el aire de sus bosques.</p>
<p>Como REDD &#8220;se paga&#8221;, lo que se haga con el bosque y su capacidad de absorción de dióxido de carbono debe ser &#8220;verificable&#8221;, es decir, definido por agentes externos a las comunidades, que deben pagar caro a &#8220;expertos&#8221;, para que les digan qué pueden hacer o no en sus propios bosques y territorios. Las empresas altamente contaminantes y grandes emisores de gases de efecto invernadero compran la capacidad de absorción de carbono de los bosques, para seguir contaminando exactamente igual que antes, pero ahora con la justificación (no probada científicamente, pero muy lucrativa) de que en alguna parte del mundo habrá un bosque que absorberá sus emisiones. A su vez, los bonos de carbono obtenidos entran en un mercado secundario donde la misma empresa puede revenderlos a otros por un precio mayor, recuperar toda su inversión y además ganar dinero extra. El mayor volumen monetario de los mercados de carbono es en especulación secundaria, es decir la venta y re-venta de, literalmente, puro aire.</p>
<p>En general, todos los esquemas de comercio de carbono se dirigen a mercados especulativos, que es un mercado mucho mayor que los mercados primarios. Ahora está también en juego, en el Convenio de Cambio Climático, la inclusión de los suelos y la agricultura –que es base de la alimentación mundial– como un gran sumidero de carbono a meter en la especulación financiera.</p>
<p>Algunas organizaciones creen que estos programas son un reconocimiento a los aportes de comunidades indígenas y campesinas por cuidar el ambiente y frenar el cambio climático, y que por eso está bien que existan. La experiencia demuestra que los impactos sobre las comunidades de estos esquemas de mercantilización de la naturaleza y sus funciones, han sido mucho peores que cualquier pago que reciban algunos. Pero lo más grave, es la aceptación de que los ecosistemas, la naturaleza, la biodiversidad, los saberes, se transformen en mercancías al mejor postor, dejando a la arbitrariedad y afán de lucro de las empresas que decida si se reconoce un aporte esencial para la existencia de todos.</p>
<p>En lugar de un reconocimiento social auténtico del papel fundamental, histórico y presente, de las comunidades indígenas, campesinas y locales en el cuidado de la biodiversidad y la producción de alimentos diversos y sanos para la humanidad, que debería traducirse en el apoyo al ejercicio efectivo de sus derechos integrales –incluyendo derecho a la tierra y territorio, a las culturas y formas diversas de economía y política–, la economía verde privatiza y mercantiliza la naturaleza, sustituyendo los derechos por transacciones comerciales, y lo que deberían ser políticas públicas, por una competencia de mercado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Tsunami tecnológico ¿verde?</strong></p>
<p>El otro pilar fundamental de la economía verde se basa en el uso de nuevas tecnologías. La propuesta tecnológica es particularmente importante frente a las crisis, porque revitaliza la industria productiva con fuentes de ganancias extraordinarias y afirma la ilusión de que no es necesario revisar las causas de las crisis: todo se puede resolver con más tecnología.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las patentes sobre tecnologías –también las necesarias para energías renovables, como eólica y solar– están en su casi totalidad en manos de grandes empresas, que defienden ferozmente sus monopolios y no están dispuestas a discutir la derogación de éstas, en ninguna economía, verde o de otro color. Menos aún si se trata justamente de aumentar sus mercados.</p>
<p>De todas formas, ni siquiera estas energías consideradas amigables con el ambiente son apropiadas en todas partes y mucho menos cuando se aplican como megaproyectos de trasnacionales, abusando de territorios indígenas. Además, implican a menudo el uso de materiales basados en nanotecnología, una industria ampliamente difundida, que pese a cientos de estudios que muestran toxicidad de nanopartículas y nanocompuestos en salud y ambiente, no están reguladas en ninguna parte del mundo, ni se conoce el verdadero costo energético en el ciclo de vida completo de los productos nanotecnológicos, ni la basura tóxica que generan, entre otros factores.</p>
<p>Otra nueva tecnología subyacente a propuestas de la economía verde es la biotecnología, que implica desde más cultivos transgénicos para agrocombustibles y “resistentes al clima”, hasta biología sintética, es decir la construcción en laboratorio de genes, pasos metábolicos o microbios sintéticos enteros, para producir nuevas sustancias industriales. Los usos más inmediatos refieren al procesamiento de celulosa, que antes no era viable por demasiado ineficiente y costosa. Con microbios producto de la biología sintética, es posible procesar cualquier fuente de carbohidratos –como celulosa– para hacer polímeros que se pueden convertir en combustibles, farmacéuticos, plásticos u otras sustancias industriales. De pronto, toda la naturaleza, todo lo que esté vivo o lo haya estado, es visto como “biomasa”, la nueva materia prima universal para procesar con biología sintética. La disputa industrial por acaparar cualquier fuente de biomasa natural o cultivada está en marcha y es una de las mayores amenazas nuevas a la naturaleza y los pueblos.(2)</p>
<p>También propuestas tecnológicas como la geoingeniería, es decir la manipulación deliberada del clima del planeta, convergen en la economía verde con algunas de sus tecnologías, como el uso masivo de biomasa para quemar y fertilizar el suelo como sumidero de carbono (<em>biochar</em>), las grandes plantaciones de monocultivos o la fertilización de los mares para absorber carbono.</p>
<p>Frente a los riesgos de estas nuevas tecnologías, el grupo ETC plantea establecer un mecanismo multilateral de evaluación previa ambiental, social, económica y cultural de las tecnologías, con participación real de la sociedad civil y los potenciales afectados, antes de que lleguen a los mercados. Tecnologías extremadamente peligrosas y con alto potencial bélico, como la geoingeniería, deben ser prohibidas.</p>
<p>En lugar de esta “economía verde”, lo que necesitamos es justicia social y ambiental. En todo el mundo los movimientos sociales tienen diversidad de propuestas para ello. Y además de propuestas, contundentes realidades, como que la producción campesina e indígena da de comer a la mayoría del planeta y ya está “enfriando” el planeta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Silvia Ribeiro es miembro del Grupo ETC.</p>
<p>Publicado en ALAI, Ecuador, 11 de octubre de 2011</p>
<p>1. Ver “Aire no te vendas”, Camila Montecinos, Grain, 2005, http://www.grain.org/article/entries/1015-aire-no-te-vendas</p>
<p>2. Sobre la economía de la biomasa, ver artículo de Jim Thomas en esta misma publicación</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>


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		<title>¿Biomasa o biomasacre?</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Aug 2011 17:38:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Veronica</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biotechnology]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>*Silvia Ribeiro</p>
<p>Con creciente entusiasmo, empresas, políticos y algunos científicos nos hablan de cómo se van a resolver los desastres ambientales, la crisis energética y climática, y hasta el hambre, con el uso de “biomasa” en lugar de combustibles fósiles. Se presenta como un elemento fundamental de una transición a una nueva “economía verde”, y por estar basada en materiales biológicos, parecería que es más sustentable y beneficiosa para el ambiente. Al fin, suena bien comer en un plato hecho de maíz o papa en lugar de plástico, conducir automóviles con “biocombustibles” o hasta volar en aviones con “bioturbosina”. No hay duda que es urgente salir de la civilización petrolera, ¿pero será esta nueva ola de apropiación de la biomasa realmente sustentable?<br />
Un aspecto de esta nueva economía de la biomasa, el de los agro-combustibles, ha sido ampliamente criticado, entre muchos otros problemas, porque se ha documentado que es el factor principal de aumento del precio de los alimentos. Con toda la gravedad que esto implica, es apenas la punta del iceberg de los impactos que tendría el aumento masivo de uso de la biomasa del planeta, para combustibles y otros usos industriales.<br />
Actualmente, 24 por ciento de la biomasa terrestre global está mercantilizada. En juego está la apropiación y mercantilización de 76 por ciento restante, aparte de la biomasa marina. Un factor clave para ello son los nuevos instrumentos tecnológicos, como la biología sintética, que está diseñando microorganismos sintéticos capaces de digerir celulosa en forma más eficiente (actualmente el proceso es costoso y gasta más energía de la que genera). Esto es clave para convertir virtualmente cualquier vegetal en la materia prima de nuevos polímeros que podrían usarse para combustibles, farmacéuticos, plásticos y muchas otras sustancias industriales. El potencial de ganancias es enorme y por ello los actores son las empresas más grandes del planeta: las principales trasnacionales de los agronegocios y plantaciones de árboles (Cargill, ADM, Bunge, Cosan, Stora Enso, Weyerhauser), grandes petroleras, químicas y farmacéuticas (BP, Shell, Total Oil, Chevron, Exxon, DuPont, Basf) junto a trasnacionales de biotecnología, nanotecnología y software (Monsanto, Syngenta, Amyris, Synthetic Genomics, Genencor, Novozymes) y otras.<br />
Dentro del término biomasa se incluyen desde bosques y arbustos a cultivos y algas, así como bagazos y restos de cosecha. O sea, toda materia vegetal cultivada o natural. Los que promueven estos nuevos usos de la biomasa, suelen poner el acento en el uso de restos y bagazos, como si fueran algo marginal, que no tiene ninguna utilidad, lo cual ignora por ejemplo, que son una de las pocas fuentes de devolución de materia orgánica y nutrientes a los suelos, cuya erosión es un gran problema. Además, pese a que dicen que usarán “restos”, lo cierto es que los emprendimientos actuales para producir plásticos y combustibles basados en biología sintética (ya en marcha en biorrefinerías en Estados Unidos y Brasil con la participación de Amyris y otras empresas), se basan en el uso de plantaciones industriales de maíz y caña de azúcar.<br />
Nos dicen también, que la biomasa es una fuente natural, que siempre fue la base del sustento humano, que es renovable, abundante y que usando solamente la parte celulósica y no comestible, se evitará la competencia con la producción de alimentos.<br />
Sin embargo, todo esto no son más que afirmaciones engañosas para disfrazar la debacle venidera. Para empezar, ocultan que se trata de aumentar en forma exponencial las plantaciones industriales de monocultivos de árboles y otros, como piñón (jatropha), higuerilla (ricino), etcétera. Esto es una amenaza a la biodiversidad y disputa tierra, agua y nutrientes de los cultivos alimentarios, además de expulsar a los campesinos de sus territorios y empujarlos a abandonar sus cultivos tradicionales.<br />
Además, aunque 24 por ciento de mercantilización de la biomasa nos pueda parecer poco, en realidad según datos del Global Footprint Network (que calcula la huella ecológica que dejan diferentes actividades en el planeta), ya hemos sobrepasado la capacidad de recuperación y renovación de la biomasa en su propio ritmo. Esto quiere decir, que al nivel actual y sin el aumento masivo de consumo de biomasa que se planea, ya se está disminuyendo la base natural.<br />
Por otra parte, si bien la materia vegetal ha sido el sustento de la humanidad durante la mayor parte de la historia, la demanda de energía se disparó con el industrialismo a más de veinte veces lo que se usaba hace poco más de un siglo, que produciendo además la mayor devastación de suelos de la historia global.<br />
Esta nueva economía de la biomasa no tiene nada que ver con el uso sustentable de la naturaleza y cultivos que históricamente han hecho las comunidades locales, los campesinos e indígenas, que son una gran parte de la solución a las crisis energética, climática y alimentaria. Ahora se trata de que las empresas que han lucrado devastando el planeta con sus productos basados en el petróleo, se disponen a una nueva ola de apropiación masiva de naturaleza, biodiversidad, territorios y comunidades, llamando a esto sustentable.<br />
* Investigadora del Grupo ETC (Más datos en el informe Los nuevos amos de la biomasa www.etcgroup.org/es/node/5253</p>
<p>Publicado en La jornada, 30 de julio de 2011</p>


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		<title>Un verde muy sucio</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Mar 2011 22:57:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Veronica</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biopiracy]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<pSilvia Ribeiro*<br />
En varios foros internacionales de Naciones Unidas y otros avanza una nueva ola de discusión –o mejor dicho de cabildeo empresarial– para promover lo que llaman una nueva economía verde. En la reunión de enero 2011 del Foro Económico Mundial en Davos –que reúne anualmente a los intereses económicos más poderosos– el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, llamó a una revolución de libre mercado para la sostenibilidad global, destacando que esta revolución no amenaza sus intereses económicos. Al contrario, llamó a las grandes industrias a invertir en negocios verdes para salir de las crisis financieras y económicas, aprovechando oportunidades en agua, energía y alimentación, así como con el cambio climático. Yvo de Boer, ex secretario de la Convención de Cambio Climático, alabó la posición de Ban Ki-moon y refirió que justamente el principal éxito de las negociaciones climáticas en Cancún había sido crear un mapa de ruta para abrir nuevos mecanismos de mercado (The Guardian, 27/1/2011), insertando el tema del cambio climático en el de la economía verde global.<br />
Es claro que necesitamos cambios profundos y radicales en los patrones de producción y consumo dominantes, incorporando no sólo sostenibilidad ambiental, sino también justicia social y económica en modelos completamente diferentes de relación con la naturaleza y los recursos, cuestionando el propio concepto de desarrollo y de crecimiento, entre muchos otros. Lo que se propone bajo este nuevo orden económico mundial verde, es completamente distinto y muy preocupante. Se trata de ampliar o crear nuevos mercados para las corporaciones –algunos con recursos reales, otros financieros y especulativos– y de utilizar nuevas y peligrosas tecnologías, justificando su uso por los supuestos beneficios verdes que traerían.<br />
La mención de Yvo de Boer es alusiva, entre otras, a la decisión de implementar los programas REDD (Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación evitada de bosques), que lejos de ser un programa de protección de bosques, es una forma de mercantilizar las funciones ecosistémicas de éstos y sobre todo, de crear un nuevo mercado financiero con el comercio de carbono, habilitando otra ola de atropellos a los derechos indígenas y a los habitantes tradicionales de los bosques.<br />
Este tipo de programas se encuadra en el marco de otros más generales, como el proyecto TEEB (La Economía de los Ecosistemas y la Biodiversidad, por sus siglas en inglés). Es una cara particularmente dañina de esta economía verde, porque se refiere a la introducción al mercado de aspectos de la biodiversidad y los ecosistemas que no estaban en él, que son bienes comunes, colectivos. Además, en todo el mundo quienes habitan y conocen estos ecosistemas son comunidades tradicionales, indígenas, campesinas, pescadores artesanales, comunidades negras, pastores, etcétera, por lo que este tipo de proyectos incluye a menudo incorporar una pequeña parte de éstos como empresarios de la biodiversidad, para justificar avasallar los derechos del resto. Típico del sistema capitalista, se vende la ilusión de que todos podrían ser esa pequeña parte que teóricamente recibirá algún ganancia. Esto genera disputas dentro y entre comunidades que se presten al juego, como ya ha sucedido con proyectos similares (para ver quienes llegan primero a vender un servicio en un mercado finito o quiénes son los dueños de un conocimiento o recursos que son colectivos o compartidos entre varias comunidades, etcétera). Los mercados de servicios ambientales –hidrológicos, forestales, biopiratería– son un antecedente directo de proyectos como TEEB y ya existen muchas pruebas del daño que significan a las comunidades –que son los verdaderos cuidadores de la biodiversidad–, muchas de las cuales terminan perdiendo el acceso a sus recursos y territorios.<br />
TEEB surgió en 2007 como proyecto a partir de una reunión del G8+5. Los cinco gobiernos agregados fueron Brasil, China, India, México y Sudáfrica –todos gobiernos de países megadiversos interesados en comerciar su biodiversidad. Luego fue integrado en la Iniciativa de Economía Verde del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).<br />
Con la crisis financiera, la valoración del capital natural que entraña TEEB aparece como un excelente mercado frente al quiebre de otros mercados especulativos. Por ello no es extraño que el coordinador sea Pavan Sukhdev, un director del Deutsche Bank que venía de trabajar el tema de la valuación económica de la biodiversidad para el Foro Económico de Davos, y según el cual, es un mercado multibillonario.<br />
Este contexto y el apoyo desde organismos de Naciones Unidas (PNUMA, inserción en Convenios y en el proceso de Río+20) hace que aunque la filosofía de fondo no sea nueva, estas iniciativas son más peligrosas. Hay un afán recargado por ponerle precio a todo lo que integra la biodiversidad y sus funciones, paradójicamente a partir del aparente reconocimiento de que la erosión de la biodiversidad es uno de los mayores problemas globales que sufrimos.<br />
En las presentaciones sobre TEEB, Sukhdev repite que aquello que no se mide no se puede gestionar. Es lo opuesto del pensamiento de los pueblos tradicionales que realmente conocen y gestionan la biodiversidad desde hace milenios. Un comunero wixarika decía sobre su maíz y la biodiversidad que los acompaña: si lo cuento no alcanza, así que no lo cuento y siempre alcanza. Sin duda, un elemento fundamental en la resistencia a estas nuevas trampas: no dejar que nos engañen con sus lógicas.<br />
*Investigadora del Grupo ETC<br />
Publicado en La Jornada, 12 de febrero de 2011</p>
<p>Silvia </p>


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		<title>The Big Fix &#8211; 9 Tech controversies to watch for in 2009</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Feb 2009 22:46:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jim</dc:creator>
				<category><![CDATA[BANG - Converging Technologies]]></category>
		<category><![CDATA[Biotechnology]]></category>
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		<category><![CDATA[Geo-engineering]]></category>
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		<category><![CDATA[Terminator Technology/ New Enclosures]]></category>

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		<description><![CDATA[Written for The Ecologist &#8211; February 2009 available online at http://www.theecologist.org/pages/archive_detail.asp?content_id=2053 Somebody somewhere has to have a cunning plan to fix our environmental problems and save the world – right? Jim Thomas sorts through the big tech ideas you’ll be reading about this year  Almost every day sees new technologies being proposed to fix old problems. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Written for The Ecologist &#8211; February 2009</p>
<p>available online at <a href="http://www.theecologist.org/pages/archive_detail.asp?content_id=2053">http://www.theecologist.org/pages/archive_detail.asp?content_id=2053</a></p>
<p><em>Somebody somewhere has to have a cunning plan to fix our environmental problems and save the world – right? Jim Thomas sorts through the big tech ideas you’ll be reading about this year </em></p>
<p>Almost every day sees new technologies being proposed to fix old problems. 2008 witnessed global technology fights over the rapid development of biofuels, protests against ‘clean coal technology’ and GM crops staging a come-back of sorts. In all three cases, ‘solving climate change’ was presented as the excuse for gambling on high-risk technologies. That theme is likely to continue. Here are a selection of technological controversies on the drawing board. See if you can sort through the silver bullets, technofixes and false solutions that are sure to keep cropping up this year&#8230; </p>
<blockquote><p>‘Solving climate change’ is presented as the excuse for gambling on high-risk technologies.</p></blockquote>
<p><strong>1) Geo-engineering </strong></p>
<p>Three years ago, the idea of re-engineering the Earth’s climate was considered politically unacceptable. In 2009 though, geo-engineering, intentional large-scale manipulation of the climate, is poised to enter mainstream climate policy discussions. High-risk projects are now gaining a shocking respectability as panic rises over climate change. They include polluting the upper atmosphere with sulphur nanoparticles to refl ect sunlight back to space or changing the chemistry of the ocean to absorb more carbon dioxide. Former climate change sceptics such as Newt Gingrich and several right wing think tanks have started to promote geo-engineering as a painless quick-fix which would bypass the need for emission reductions. This summer, the UK Royal Society will publish a report purporting to weed out the good geo-engineering schemes from the bad. Unfortunately, it will be written mainly by geo-engineering enthusiasts. Despite a global moratorium on one ocean geo-engineering technique, fertilising the ocean to grow CO2 gobbling plankton, India may launch a pilot scheme this year and private geo-engineering company Climos threatens to take to the seas in 2009 or early 2010. </p>
<p><strong>2) GM insects</strong> </p>
<p>If the thought of GM pollen spreading on the breeze worries you, then watch out – the latest GM products have wings! In 2009, Oxford based Oxitec intends to become the first company to sell genetically modified insects for large scale release. Oxitec has developed a GM pink bollworm (moth larvae) that it claims will mate with natural bollworms (a cotton pest) and render them sterile. However, Oxitec’s plans don’t stop there. This also looks to be the year when it will proceed with a large scale trial release of genetically modified mosquitos also intended to spread sterility in wild populations. Oxitec, which received a $5m grant from the Bill and Melinda Gates Foundation, claims the technology will help wipe out dengue fever which is on the rise as climate change bites. The ‘terminator mosquitos’ were due to be released on Pulau Ketam island, which lies off the coast of Malaysia, but local Chinese fishermen raised concerns that they are being used as a test bed. Further experiments of this type have been planned for Mexico and India. Biosafety experts warn that the genes may spread, the sterility plan may fail and the product may contravene a global moratorium on terminator (sterility) technology. </p>
<p><strong>3) Synthetic biology </strong></p>
<p>Every few years a technology platform upgrades itself – handguns become machine guns and VHS becomes DVDs. Right now genetic engineering is in the process of reinventing itself as synthetic biology – an extreme form of genetic engineering that allows the genetic code of organisms to be built entirely from scratch. With more than a dozen synthetic biology companies aiming to put products on the market in the next couple of years and major investment by the likes of BP, Du Pont, Chevron and Goodyear, 2009 may be the year the public notices a multibillion artificial life industry is now well established. In particular, expect front page headlines this year if genome tycoon J Craig Venter succeeds in bringing to life the world’s first entirely synthetic bacterial species, dubbed Synthia. He has already applied for patents on a method that he claims will make millions of such synthetic species every day – a prospect that dwarfs the current trickle of GM organisms and may overwhelm our inadequate GMO laws. </p>
<p><strong>4) Nano-regulation</strong> </p>
<p>If you received new socks or cosmetics this Christmas, there is a good chance you might already be wearing nanoparticles – tiny engineered lumps of matter with unusual industrial properties. Although nanoparticles have been used unlabelled and untested in hundreds of consumer products for several years now, governments and consumer watchdogs are now finally cottoning on to the new toxicity problems that these novel materials may pose. In September, 70 governments, 12 intergovernmental organizations, and 39 nongovernmental organizations participated in the Intergovernmental Forum on Chemical Safety in Dakar, Senegal. They agreed producers should label nanomaterials in consumer products and that countries should have the right to refuse imports of nanoproducts. In November, the UK’s Royal Commission on Environmental Pollution joined the growing chorus of concern about the lack of nanoregulation and the Austrian government called for a moratorium on food uses of nanotechnology. The coming year is likely to see increased efforts by trade unions and consumer groups to get some oversight of nano-risks. In May, the issue will go to the UN’s International Conference on Chemicals Management. The European Commission already accepts new labelling laws may be needed for nanotechnology products. </p>
<p><strong>5) Cellulosic biofuels</strong></p>
<p> After last year’s food price crisis you would be hard pressed to find anyone still arguing the case for turning food crops into ethanol. Instead the new orthodoxy among biofuel advocates is that a ‘second generation’ of biobased fuels (see this month’s cover story) will soon power our cars without affecting food. Using modified microbes or heat, companies such as Mascoma and Koskata are this year commercialising ‘cellulosic biofuels’, turning cellulose sugars (found in the woody part of plants and trees) into vehicle fuel. By switching from food crops towards wood and ‘agricultural waste’ (such as corn stalks) they hope to sidestep the ‘food vs fuel’ debate. If it works, expect to see a massive corporate grab on plant matter and a new debate over biomass. Forest communities will oppose the increased forest destruction associated with cellulose production for fuels. Sustainable agriculture advocates will argue that removing corn stalks from fields will deplete soils and increase fertiliser use and GM campaigners will express alarm at the threat of powerful modified microbes escaping. </p>
<p><strong>6) Biochar</strong> </p>
<p>Take wood, turn it into charcoal and then bury it in the soil – that’s the basic technique behind  biochar, sometimes referred to as agrichar. Its promoters claim this technology can deliver a triple whammy of removing carbon dioxide from the atmosphere, improving soil fertility and increasing crop yields. In the last three years, a rash of biochar start-up companies has emerged – led by eco businessmen such as organic pioneer Craig Sams of Green &amp; Blacks or carbon offsetting pioneer Dan Morrell of Future Forests. Advocates talk of planting a billion hectares of fast growing plantations to suck carbon dioxide out of the atmosphere and bury it in soils, speeding up the carbon cycle and maybe earning carbon credits in the process. Look for opposition from forest activists. They wonder where the research is that shows biochar does actually improve all the different kinds of soils there are, as opposed to the most arid ones, and see the biochar associated rapid expansion of monoculture plantations as a threat to stressed forest ecosystems and to communities. </p>
<p><strong>7) Spaceflight</strong></p>
<p>Expect to hear a lot about spacecraft in 2009 – not from the boffins at NASA but from the brand new space tourism industry. In early 2010, Virgin Galactic hopes to start the first regular commercial flights to outer space and will be running tests of its Spaceship Two rocket throughout 2009 with celebrity passengers on board. Billionaire Virgin boss Richard Branson is locked in competition with at least two other commercial companies – SpaceX and Rocketplane Global which hope to kick off a multi-billion pound commercial space industry. As publicity ramps up, Virgin Galactic is preparing itself for criticism from the same climate campaigners opposing regular air travel. Virgin Galactic public relations folks claim that a trip to the edge of space is less carbon intensive than a London-New York air flight and they are offering to run atmospheric experiments from their spacecraft to help understand climate change better. An early passenger will be controversial ecologist James Lovelock who sees no problem in blessing the new spaceflight industry just as he has given his approval to the nuclear industry and to geo-engineering. The first flights will run out of the Mojave desert and later Spaceport America in New Mexico but Virgin Galactic is also considering building a Spaceport Scotland at RAF Lossiemouth for flights from 2013. After recent UK campaigns against airport expansion, maybe we’ll soon see spaceport campaigners locked on to launchpads too? </p>
<p><strong>8) Data centres</strong></p>
<p>If you think reaching outer space increases carbon emissions, consider the climate costs of accessing virtual space. According to one set of calculations, every search query carried out on the internet uses 11 watt hours of energy – the equivalent of releasing seven grams of carbon. Behind the seemingly weightless world of websites and social networking, huge data processing warehouses suck up energy to run rows of computer servers and whirring cooling fans. Such datacentres are proliferating fast. Management consultancy McKinsey estimates that by 2050, data centres will be responsible for more greenhouse gas emissions than the airline industry, as the digitalisation of medical records, libraries and genomic databases swells the global need for switched on servers. Some data centre users are stepping up to the energy challenge. Google aims to be powering their so-called ‘googlefarms’ with renewable energy and is investing accordingly but there may be other problems to tackle. Like e-waste. As the global data centre boom gets underway, the need for cheap, upgradable server equipment – chips, boards and plastic casings – will become a major new source of electronic waste, releasing toxic chemicals in both assembly and disposal. In the past three years, environmental groups such as Greenpeace and Silicon Valley Toxics Coalition have had major successes forcing home PC makers to green their products. In 2009 it may be time to take on Google, Amazon, Ebay, Yahoo and Facebook too. </p>
<p><strong>9) Obama’s chief technology officer</strong></p>
<p>With the advent of a new commander in chief, the United States is also being promised a new czar for all matters technological – a ‘chief technology officer’. Who the geek-in-chief might be has set the technology press alight with speculation. Will it be Eric Schmidt, the CEO of Google? (Apparently not.) Might it be Bill Gates recently retired from Microsoft? (We certainly hope not.) How about software hero Bill Joy, famous for raising concerns about nanotech, genetic engineering and robotics? (That would be interesting). Why this matters is that it signals that Obama intends to put the interests of the technology sector at the heart of his new administration complete with a corporate inspired job title. For those hoping this administration might bring back the much missed Office of Technology Assessment or bring some participatory democracy to technology policy, there is likely to be disappointment. The new chief geek may carry out some socially useful tasks such as fending off the monopolisation of the internet and reforming patent law to make room for open source systems. On the fundamentals of who controls and assesses new technologies however, all signs are that corporations and the military will hand over none of that power. Expect howls of protest when whoever it is cashes in their personal technology stock options tax-free under a little-known loophole and further howls when the fearless new geek leader turns out to hold patents, maintains corporate ties or other conflicts of interest. </p>
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		<title>Tech Reckoning: Life In The Mix</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Oct 2008 02:16:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jim</dc:creator>
				<category><![CDATA[BANG - Converging Technologies]]></category>
		<category><![CDATA[Biotechnology]]></category>
		<category><![CDATA[synthetic biology]]></category>
		<category><![CDATA[biohacking]]></category>
		<category><![CDATA[spore]]></category>

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		<description><![CDATA[Written for The Ecologist 01/10/2008 Available online at http://www.theecologist.org/pages/archive_detail.asp?content_id=1978 If there is a video gamer in your life, chances are that you have heard of Spore, the latest creation from the super successful inventor of ‘The Sims’. Spore lets players digitally design and evolve new organisms ranging from single-celled microbes to intergalactic aliens. In the [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Written for <a href="http://www.theecologist.org/pages/archive_detail.asp?content_id=1978">The Ecologist</a> 01/10/2008</em><br />
Available online at <a href="http://www.theecologist.org/pages/archive_detail.asp?content_id=1978">http://www.theecologist.org/pages/archive_detail.asp?content_id=1978</a></p>
<p>If there is a video gamer in your life, chances are that you have heard of Spore, the latest creation from the super successful inventor of ‘The Sims’.</p>
<p>Spore lets players digitally design and evolve new organisms ranging from single-celled microbes to intergalactic aliens. In the game, the user can genetically alter their digital life-form, adding body parts one click at a time. The user-created organisms are simultaneously released into the game-worlds of thousands of other players, creating complex and surprising ecosystems to navigate. Spore organisms can be printed on to a t-shirt, mailed to you as plastic figurines or uploaded to ‘Sporepedia’, an online gallery where fans share their custom-made life-forms for remixing. Bored with editing digital music and digital video, the next nerd frontier is digital life.</p>
<p>As would-be intelligent designers experiment with Spore, the line between remixing digital and biological life is becoming perilously thin. Thanks to the new tools of synthetic biology, Spore fans wanting to dabble in a more organic medium can already do so from the comfort of their laptops. At www.biobricks.org, you can choose among thousands of custom-designed genetic sequences (known as ‘standard biological parts’) that can be subsequently posted to you as real DNA. One startup, Ginkgo BioWorks of Boston, will soon be offering kits of DNA stuck to paper that enable simple genetic engineering at home. Drop the paper in a test tube with some nutrients and bacteria. Chill it in the fridge and then warm it against your computer screen. Presto! Your bacteria are genetically altered to glow red or smell like bananas.No lab bench or white coat in sight.</p>
<p>Just as video production moved from a niche profession requiring expensive equipment to today’s universe of amateur YouTube clips, so a new generation of synthetic biologists is working to take the elite science of genetic engineering away from Monsanto and give it to the masses as a craft.<br />
They call this DIY genetic engineering ‘garage biology’ or ‘biohacking’. In Boston and San Francisco, amateur biohacking clubs are beginning to form whose aim is to replicate the success of the computer industry in kick-starting an industrial revolution by bringing technology into the home.</p>
<p>Synthetic biologist Drew Endy of Stanford University imagines that within a few years there will be a whole new class of life-form designers working remotely from their laptops – emailing their designs to labs just as graphic designers send digital files for printing. Endy runs an annual competition in which hundreds of students and teenagers compete to create the ‘coolest’ life-form out of standard parts. Right now they ‘hack’ bacteria and yeast to take photos or secrete biofuels. Within five years, biohacking plants and animals this way will be more common.</p>
<p>Futurist Freeman Dyson argues that the coming outpouring of new synthetic life-forms designed by hobbyist amateurs may eventually outnumber those species developed through natural evolution, with engineered life rapidly becoming the norm.</p>
<p>Dyson may be overstating things, but there is certainly a big shift under way that even activists and regulators have yet to comprehend. Despite millions of acres of genetically modifi ed corn and soya, the actual number of new species developed through genetic engineering has so far been a tiny trickle compared to the fl ood of engineered species our ecosystems may be about to experience. Existing biosafety regulations are already barely able to monitor the health and environmental impacts of that trickle, let alone the results of amateur biohacking carried out in kitchens, bathrooms, garages and via the internet. Unlike computing, the haphazard results of this biological programming will be living, self-replicating organisms.</p>
<p>Unfortunately, the digital world doesn’t seem to offer much in the way of control solutions. If the DIY organisms of Spore should go awry there is always the option of pulling the plug and rebooting the computer. Out here in the real world, that option doesn’t look so attractive.</p>


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